Casa a veces no es casa

El tímido sol del norte le acariciaba el rostro anaranjado por los días de playa. Yo dibujaba mentalmente su silueta mientras ella, apoyada en la cerca que miraba el mar, con un soplido de aire que parecía haberle dado fuerza, me miró con sus ojos de miel rompiendo el silencio con el golpe del mar contra el muro y me dijo, «No quiero irme a casa».
Casa para ella significaba trabajo. Significaba ruido. Significaba sacrificio.
Yo era su bálsamo de aire fresco. Otro idioma. Sexo.
Era un sin tiempo. Un escondite donde se refugiaría en su día a día recordándome. Acariciándose. Quizás.
Nos conocimos un año antes con esas mismas vistas al acantilado del norte. Ella apoyada sobre una valla dio un suspiro. Yo me acerqué y en otro idioma sin ánimo de que me entendiera le dije «Itsasoa bezain ederra zara».
No creí que fuera a oirme pero me miró y sonrió. Segundos después aparecieron tras ella sus hijas. Su marido. Sus padres, haciendo ruido. Pisando fuerte. Yo me fui.
Pero cómo es el destino que volví a encontrar a esos ojos de miel, solos, rodeados de un montón de gente Y no dudé en acercarme y comenzar lo que más tarde sería una historia de escondites en un pueblo donde el sol pocas veces deslumbra.
Y hoy, siendo yo quien que acaricia su mejilla le contesto, "yo tampoco quiero irme a casa".










